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Canción del crepúsculo

                                                                                              Foto: Autor desconocido
De González de la Cuesta

Estas tardes de hastío, cuando el Sol cae sobre un horizonte de azul anaranjado.
Tardes durmientes, de inviernos de oscuridad creciente,
que envuelven nuestro alma en la soledad de la nada,
de una nada que se pierde bajo las ramas secas
de los árboles desnudos del paseo.
Tardes de pensamientos urdidos en el vacío de la brevedad
que impone el rayo verde, ese último segundo de luz
que se pierde con un Sol en retirada,
justo antes que la noche imponga su ley, y el silencio invada la calle,
entregada a oscuridades canallas, que se esconden entre las sombras
que tímidamente develan las luces tibias de las farolas.
Aquí estoy, viendo cómo mi alma se escurre por las oquedades del tiempo,
sin saber cómo ha sucedido que ayer fuera pájaro
y volara con las alas de la juventud de campo en campo,
y hoy sea topo que escarba en la oscuridad para ocultar
que ya la piel abandonara el esplendor de la tersura,
y los huesos sean el armazón que soporta el cansancio de los años.
Y sin embargo, nos levantamos, respiramos,
nos ungimos de la luz de la mañana, como una libación de vida,
amamos igual que lo hacíamos en la escuela,
y soñamos despiertos el futuro que nos queda.
Nos resistimos a caer en el vacío de la noche invernal,
arrinconados, para ver, como se van consumiendo
las brasas, antaño ardientes, de otro tiempo.
Ayer fuimos, y la sustancia de lo que éramos, es lo que hoy somos,
y sólo si sabemos convertir el hastío de una tarde de invierno
en un momento placentero; si podemos ver que la vida
fluye a nuestro alrededor como el Carro de Hermes,
avanzando hacia el enigma que se esconde más allá del horizonte,
seguiremos sintiendo en cada por de piel que estamos vivos.
Si todavía somos capaces de rehacernos
al silencio que nos sepulta en el olvido,
y podemos discernir entre lo bueno y lo malo,
entre lo justo y lo indigno,
entre la sabiduría y la necedad,
entre la belleza y la fealdad,
sabremos que nuestra vida no ha sido baldía,
y un día, al mirar atrás, no nos cegará el deseo del tiempo pasado,
porque la luz del porvenir, siguirá siendo ese rayo de Sol,

que ilumina el paisaje en el crepúsculo.

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