jueves, 5 de marzo de 2026

Dignidad frente a servilismo

 


¿Por qué es importante la dignidad en momentos tan convulsos y peligrosos como el actual en el mundo? La dignidad tiene mala prensa entre quienes nacen serviles y se ven reflejados en un espejo que les hace tontos útiles, esperando que las migajas que deja caer quien los humilla les roce. Algo parecido a lo que está pasando en Europa con la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán y Palestina, en donde la sumisión de muchos de sus países está rayando el ridículo y la inmoralidad. Indigna es también la postura de la derecha española, servil a los intereses de otros países, en este caso tan rastrera con el personaje más dañino que ha surgido en occidente desde Adolf Hitler, que produce vergüenza escuchar a sus líderes, y miedo pensar que esos patriotas limpiabotas de Donald Trump puedan gobernar España algún día.

Volviendo a la Unión Europea, nos quieren hacer ver que su posición ante esta guerra ilegal y ante el presidente de los Estados Unidos, es de prudencia y respeto, no exenta de algo de miedo a enfrentarse a su propia incapacidad para afrontar los acontecimientos y el futuro de Europa como un Estado independiente. Pero lo que transluce es afinidad. No son pocos los líderes políticos de la UE que están de acuerdo con las políticas de Donald Trump, incluso cuando estas van de la mano de la destrucción de un orden internacional basado en valores, normas y respeto, o directamente apoyando con disimulo una guerra que sólo va a traer destrucción, muerte, miseria y empobrecimiento, como todas las guerras, salvo a quienes las provocan y alientan.

No es baladí que la derecha y la extrema derecha estén copando las instituciones europeas, para que entendamos por qué Europa, en vez de estar defendiendo sus intereses, el derecho internacional y el modelo de convivencia y desarrollo basado en el bienestar, se dedique a deshojar la margarita de sus contradicciones, a ver si pasa el tiempo y las aguas vuelven, por sí solas, a su cauce. Gran parte de los dirigentes de la UE son entusiastas seguidores de Donald Trump y la ideología que representa.

Por ello, la posición del gobierno español, con su presidente Pedro Sánchez a la cabeza, es un soplo de dignidad, una luz en la oscuridad de un mundo gobernado por los plutócratas, encantados de tener al más mortífero al frente de un país poderoso, que en su decadencia se ha vuelto peligroso. Pedro Sánchez, es ahora, el faro donde se pueden mirar todos aquellos europeos y resto del mundo, que creemos que la dignidad de las naciones y sus habitantes, debe estar por encima de los nuevos sátrapas que tratan de imponernos su voluntad, para que ellos puedan seguir ganando dinero sin control, aunque esté manchado de sangre.

España, desgraciadamente con la oposición de Partido Popular y Vox, se ha colocado el en lado correcto de la historia, si entendemos que este es el de la democracia, los derechos, la igualdad, la sostenibilidad y el derecho internacional basado en el respeto, la diplomacia y la paz. Claro, que para algunos y algunas dentro y fuera de España, eso es debilidad, porque su lado correcto de la historia, está en la violencia, la sumisión, la dominación, las nuevas formas de esclavitud y el poder del dinero sin regulación que lo frene. No es de extrañar, entonces, que apoyen la guerra de Trump, o miren para otro lado, no sabemos muy bien si es para disimular o para no encontrarse con su indignidad de frente.     

miércoles, 4 de marzo de 2026

Nasti de Plasti

 


En este mundo de realidades virtuales, donde hemos vendido nuestra alma a ese invento llamado Internet, que pareció, cuando salió, la liberación de la humanidad y que ha acabado esclavizándonos como nunca los poderes establecidos pudieron imaginar, uno, a veces, se encuentra con sorpresas que le hacen regresar a una época de su vida, en donde todo era más humano y la relaciones se vivían sin intermediarios en los que refugiarnos. No es que fuera fácil vivir, eso es una categoría que tiene que ver con nuestra capacidad para relacionarnos con lo que nos rodea, es que, todavía entonces, había resquicios de libertad por los que escaparse, de vez en cuando, y todo lo que nos rodeaba teníamos la certeza de que era real.

Mi agradable sorpresa, se ha debido a un correo-e que recibo de la artista Alejandra de la Torre, con quien tengo el placer de compartir ser miembro de la Junta Artística del Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés MACVAC, informando de su propuesta de acompañamiento a la semana de ARCO en la Galería Sara Caso de Madrid, con una muestra que lleva por título, que me ha devuelto a mi juventud, allá por los años ochenta del siglo pasado: NASTI DE PLASTI.

Nasti de Plasti era un pub, cercano a la plaza de Roma de Madrid, regentado por unos amigos, en el que pasé no pocas horas de delirio ochentero y sueños de futuro. Recordado en el tiempo, albergaba toda la cultura pop de aquella época irrepetible, que algunos tuvimos la suerte de vivir.  

 Ese es el sentido de la propuesta de Alejandra de la Torre, que con el nombre NASTI DE PLASTI, sin ser consciente, quizá por edad y lugar de residencia, de la existencia del otro, ha acertado, plenamente, redescubriendo objetos cotidianos de aquellos años. Objetos que hoy han caído en desuso por los avances tecnológicos, o porque, irremediablemente, cada uno de ellos va ligado a una época y sus necesidades. Así, en un ejercicio, que no es difícil calificar de memoria histórica de la cotidianidad, podemos ver, con un estética kitsch muy de la época: carretes de Kodak, relojes Casio, gomas de borrar Milán, pequeños rompecabezas deslizantes, Walkman, etc., que estaban tan presentes en nuestras vidas y hoy parecen tan lejanos.

Alejandra de la Torre, reivindica, de alguna manera, el pasado ochentero y libre de las ataduras mentales que hoy atenazan nuestra sociedad, y su NASTI DE PLASTI de hoy nos trae los ecos del otro Nasti, que entre risas, copas, cigarrillos y ganas de vivir, nos regalaba cada noche un trocito de felicidad.     

 

  

lunes, 2 de marzo de 2026

Elegir entre Hobbes y Rousseau

               

                El mundo, tal como lo hemos conocido hasta ahora se desmorona. Es la única sensación que podemos tener a tenor del ascenso del nuevo fascismo del siglo XXI, a cotas de poder a las que nunca debería llegar en una democracia. Los acontecimientos de los últimos meses, nos están precipitando hacia un futuro incierto y distópico, de consecuencias, que, todavía, no sabemos o no queremos calibrar.

                Dos filósofos surgidos en los albores de la descomposición política y social del Antiguo Régimen: Thomas Hobbes (1588-1679) y Jean Jacques Rousseau (1712-1778), sentaron las bases, de muy diferente manera, de lo que luego serían las ideologías dominantes, a partir de la Revolución Francesa, con el ascenso de la burguesía al poder y el nacimiento, posterior, del movimiento obrero y la lucha de clases.

                Thomas Hobbes, se anticipa en un siglo (hay que tener en cuenta que la primera revolución burguesa en Inglaterra se produce a mediados del siglo XVII, cuando el rey y el Parlamento se enfrascan en una guerra civil que limitó el poder del rey frente a la burguesía y sentó las bases del futuro capitalismo) al considerar al hombre como un ser peligroso para su propia especie, porque vive en competencia constante con sus semejantes. Ese pensamiento lo reflejó en su libro Leviatán (1651), en donde sentenció que “el hombre es un lobo para el hombre”, siendo lo único que podría evitar el enfrentamiento constante, es decir, la ley de la selva, el establecimiento de una fuerza superior o Estado, que denomina Leviatán, al cual, el hombre, que es un ser libre e individual, cede sus libertades en aras de una mayor seguridad y orden social.

                Jean Jacques Rousseau, muy crítico con Hobbes, parte de una premisa bien diferente a la del pensador inglés. Para él, el hombre es bueno por naturaleza, y aunque nace libre, vive encadenado a otros hombres, lo que provoca injusticia. La sociedad que propone, como un germen de la democracia, es la de iguales que se deben gobernar por un contrato social, que regule la convivencia pacífica y justa, dando la voz al pueblo por encima de un monarca o un Estado al que se le ceden derechos y libertades. Este principio, que desarrolla en su libro El contrato social, publicado en 1762, apenas dieciocho años antes de la Revolución Francesa, ha sido el que ha inspirado la democracia hasta nuestros días.

                Estamos, pues, ante dos pensamientos filosóficos, que si bien señalan la puerta de salida del Antiguo Régimen absolutista, tienen un desarrollo a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI, opuesto. Así, mientras la filosofía de Hobbes ha sido fundamento para los regímenes autoritarios, ya sean fascistas o comunistas, la filosofía de Rousseau ha dado pie a la construcción de un orden liberal/social, en el que se ha sustentado la democracia que regula la vida política de Europa, sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, hasta el ascenso del nuevo fascismo a lo largo de este siglo.

                Sin embargo, ahora, volvemos a enfrentarnos a esa dicotomía, entre regímenes totalitarios, de inspiración fascista y regímenes democráticos. Se repite la historia de hace noventa años, con una sociedad amnésica o deliberadamente ignorante del pasado, que está provocando que en países de implantación democrática, vuelva la involución y el peligro de un Estado totalitario. Que en EE.UU, Italia, Argentina, Hungría, Rusia, Chile, entre otros países, que podríamos considerar del orbe occidental democrático, estén gobernando dirigentes y partidos de fuerte inspiración fascista, con el palpable retroceso de derechos, libertades y bienestar; o que partidos claramente fascistas estén coqueteando con la derecha democrática, para un reparto del poder, es algo que debería preocuparnos, no como un postureo político, sino como un peligro cierto, que sólo puede acabar en la destrucción de nuestro modo de vida, fundamentado en la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar. Sólo tenemos que ojear lo que está pasando a nuestro alrededor, para que nos tomemos en serio la amenaza. No estamos en la casilla de mejorar lo que tenemos, sino de reaccionar para evitar perderlo todo.

                Lo que está sucediendo en los últimos días, no es una serie de Netflix, es la constatación de que el fascismo sólo entiende un lenguaje: el de la fuerza, para doblegar a sus adversarios e imponer su voluntad, que siempre va a ir ligada a los intereses del capitalismo más salvaje, que es el que ahora gobierna el mundo.

                Debemos, pues, elegir entre Hobbes o Rousseau, aunque parezca una paradoja del tiempo, después de los siglos que nos separan de ellos. Porque de esta elección va a depender nuestro futuro, el de nuestros hijos y el del planeta. La distopía fascista ya no es un libro de ciencia ficción ni una película ni una serie, que vemos sentados cómodamente en la butaca del cine o en el sillón de nuestra casa. Está tan cerca, que podemos percibir el olor a quemado que va dejando allá por donde pasa.       

Dignidad frente a servilismo

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