Para ver la entrevista entre los minutos 54:52 y 1:10:52
domingo, 25 de noviembre de 2018
jueves, 15 de noviembre de 2018
La identidad de España
Publicado en Levante el 12 de noviembre de 2018
Apuntes para un aniversario. Desgraciadamente, seguimos con el tema
de la identidad de España sin resolver después de cuarenta años de democracia.
Encontrar la identidad en la diversidad, parece que es bastante difícil. Sobre
todo cuando, como en el caso español, esa identidad como nación siempre se ha
tratado de imponer al resto por el conservadurismo nacional más rancio, incluso,
cuando ha sido necesario, a costa de mucha violencia y sangre.
Pero el problema
de España no es nuevo. Perdura en el tiempo desde los olvidados y manipulados
Decretos de Nueva Planta, por los que el rey Felipe V impuso un modelo
centralista, a la castellana, de nación, al modo de la borbónica Francia,
eliminando cualquier vestigio de autogobierno en regiones, que desde la Edad
Media hasta el siglo XVIII habían ejercido como un estado propio. Para ser más
claro, lo que hasta aquel momento se llamó la monarquía española, que era, por
decirlo en palabras modernas, un estado federal compuesto por la Corona de
Aragón y la Corona de Castilla, pasó a ser, por la fuerza de las armas (Guerra
de Sucesión), un estado centralista, en el que se impusieron las leyes de
Castilla como únicas en todo el reino.
España es un
problema irresoluble. Ya lo dijo Amadeo de Saboya: “España para los españoles”,
después de dar el portazo y largarse. Sobre todo, carácter y sentimentalismos
aparte, cuando seguimos empeñados en confrontar la fuerza centrífuga de los
nacionalismos periféricos, con la fuerza centrípeta del nacionalismo
centralista. Y es que esto da mucho juego a determinados sectores de la
sociedad, con sus Partidos ceñidos a la
bandera, cada uno la suya, en donde lo que importa es aplastar al otro, cómo
única forma de supervivencia. Produce cierta urticaria ver como la derecha
española, siempre dispuesta a enarbolar la bandera del nacionalismo más cutre,
se ha lanzado a una carrera para ver quién es más español, en términos
protofascistas provocadores y claramente franquistas, dinamitando cualquier
posibilidad de convivencia dentro del estado español. Igualmente, da mucha
tristeza ver que el nacionalismo periférico, sobre todo el catalán, se ha
convertido en un movimiento romántico, dirigido por un puñado de salvapatrias
de un enemigo ficticio, imaginado por ellos, anteponiendo el idealismo de la
patria, por encima del pueblo catalán, sin preocuparle que Cataluña se está
despeñando por un terraplén de autodestrucción.
Creímos que el
advenimiento de la democracia podría acabar con el sempiterno problema de
España como una nación sin identidad común para todos los españoles. Nos
equivocamos, porque la Constitución puso freno a un modelo de convivencia desde
la diversidad, convirtiendo el estado español en una fractura de iguales, que
si fue efectiva durante unos años, se ha demostrado insuficiente pasado el
tiempo, y es incapaz de dar respuestas a las nuevas/viejas demandas de los
territorios periféricos con sentimientos históricos y/o antropológicos diferentes.
La
constatación de un fracaso, que está distorsionando la política en España,
además de hacernos vivir en un permanente conflicto, debería ser objeto de
reflexión en el aniversario de la Constitución. El “café para todos” que se
impuso en la Transición, frente al modelo federal y descentralizado que algunos
proponían, incluso en la propia UCD, no ha servido para acabar con el problema
de España, que tantas páginas de tinta ha escrito.
Ahora, con los
Partidos de la derecha tirados al monte, intentando volver a un modelo
centralista/franquista, que ya creíamos superado, adecuar la Constitución para
que todos nos sintamos partícipes de una misma identidad como nación y
sociedad, se barrunta harto difícil. Salvo que la gran mayoría de los españoles
se de cuenta de que es en el reconocimiento de la diversidad, donde reside la
única posibilidad de cerrar para siempre la herida, condenando a la
insignificancia de los mediocres a todos aquellos, de un bando nacionalista u
otro, que están convirtiendo este país en un déjà vu de tiempos ya pasados, que
nunca deberíamos olvidar. A la provocación de los nacionalistas intolerantes,
sean de donde sean, sólo se la puede contestar con tolerancia, empatía e
inteligencia.
lunes, 5 de noviembre de 2018
Apuntes para un aniversario. Salario y riqueza
Publicado en Levante de Castellón el 3 de noviembre de 2018
Uno de los fundamentos en el que se sostiene
una democracia, es el reparto de la riqueza. Si ésta no está distribuida de una
manera justa y equitativa, los cimientos
del sistema se empiezan a tambalear, provocando desafección y la aparición de
salvapatrias, siempre, ligados al fascismo o en las conurbaciones de éste, como
está sucediendo en Europa y otras partes del mundo.
El
reparto de la riqueza no significa que deje de haber ricos, implica que deje de
haber pobres, y para ello es necesario que no esté acumulada en pocas manos, y a
través de diferentes instrumentos políticos se distribuya de una forma
equitativa entre todos, garantizando que va a permitir vivir con dignidad a los
que menos oportunidades han tenido o las han desaprovechado.
En
un congreso que se celebró hace años en Valencia sobre la pobreza, uno de los
ponentes fue muy claro: “Denle ustedes un salario digno a los pobres y
hablaremos menos de cooperación para paliar la pobreza”, más o menos vino a
decir esto. Lo que le da al salario un valor de máximo nivel en la distribución
de la riqueza. El salario como expresión de la dignificación económica de las
personas, aunque es cierto, que las nuevas maneras de producir y trabajar que
están introduciéndose en la sociedad por causa de la implantación de las nuevas
tecnologías, exigen replantearse el concepto de trabajo y de salario, para que
nadie quede excluido de la riqueza que se produce en el mundo.
La
democracia no se puede convertir en una plutocracia, en donde son los que
acumulan gran parte de la riqueza los que dictan las leyes, porque si es
así, todas las normas de convivencia
democrática se vienen abajo, al legislar, preferentemente, para preservar los
intereses de la clase dominante
económica, auténtico centro del poder.
No
nos ha de extrañar, por tanto, que cuando un gobierno como el español, trata de
equilibrar la balanza de la riqueza mediante el salario, en este caso, con
medidas que garanticen derechos laborales que lapidaron la última reforma
laboral o con el aumento del salario mínimo a unos niveles próximos a la
dignidad salarial, la reacción de las élites económicas y todo el entramado
mediático y de poder que sostienen, sea la de anunciar la apocalipsis económica
del país. Para ellos, la democracia no es un sistema de libertad o bienestar económico,
más bien la entienden como un instrumento que les puede posibilitar
enriquecerse sin grandes sobresaltos, y cuando esto falla, no tienen remilgos
para promover movimientos más autoritarios de control de la población.
Subir
el salario mínimo en España a 900 euros es una medida que puede empezar a paliar la pobreza laboral,
que tomando como excusa la crisis, los últimos gobiernos han extendido por todo
el país, mientras el número de ricos y su riqueza aumentaba. Además de llevar
emparejadas el incremento de los ingresos fiscales y de la Seguridad Social,
con lo cual ganamos todos, a cambio de que unos pocos acumulen menos riqueza.
Es sencillo, salvo que se quiera engañar y manipular a la población,
complicándolo con discursos enrevesados sobre la competitividad, el efecto
sobre el PIB, la inflación, el desempleo etc., toda una panoplia de conceptos
mezclados para generar más confusión, que sólo tienen como fin último que
aceptemos que es mejor ser pobres, que vivir con bienestar económico.
El
artículo 35.1 de la Constitución Española, dice: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho
al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través
del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y
las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por
razón de sexo”. Como verán, papel
mojado, que el poder se ha saltado cuando le ha convenido. En este aniversario
de la Constitución, habría que reflexionar sobre qué mecanismos se deberían
articular en una previsible reforma constitucional, para que estas
declaraciones de intenciones se conviertan el ley de obligado cumplimiento. De lo que se trata
es de garantizar que todos vamos a tener un salario que nos permita vivir con
dignidad y planificar la vida sin sobresaltos económicos, aunque siga habiendo
ricos. Porque de lo contrario, si la democracia no es capaz de distribuir la
riqueza, no habrá reforma constitucional
capaz de frenar al fascismo, en su versión siglo XXI, que está llamando, cada vez con más fuerza, a
la puerta de una sociedad con grandes capas de la población empobrecidas.
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