martes, 20 de enero de 2026

Somos producto del azar

 


Después del fatal y trágico accidente de trenes en Córdoba, parece que algunos han descubierto el azar como un fenómeno extraordinario, que nos convierte en vulnerables. Decía Séneca hace dos mil años, que “verdaderamente el azar tiene mucho poder sobre nosotros, puesto que si vivimos, es por azar”. Y razón no le faltaba. ¿Qué somos nosotros, sino el producto de una carrera de espermatozoides, entre 200 y 400 millones por eyaculación, que tratan de alcanzar el óvulo, que sólo será fecundado, si hay un poco de suerte, por uno, siempre que el óvulo lo permita?

Con estos mimbres el azar no puede ser producto de una casualidad, sino que va ligado a nuestra existencia en casi todo aquello que hacemos. Unos lo llaman azar y otros suerte, pero lo cierto, es que, por mucho que nos creamos dueños de nuestro destino, el azar está siempre ahí, para lo bueno y lo malo. Porque la suerte no es algo que siempre nos beneficia; existe la buena suerte y la mala suerte; el azar benefactor o el azar canalla. Usted sale de viaje con el coche en perfecto estado de revisión, con un día magnífico y, además, es un conductor prudente, y en el kilómetro 266 se cruza un jabalí, y el coche da dos vueltas de campana. ¿Dónde está la lógica, para que justo cuando un jabalí cruza la autovía pase usted con su coche? No la hay, sino que el azar le ha jugado una mala pasada.

¿Qué ha sucedido con el accidente de trenes en Adamuz? ¿Acaso no es un azar infame el que ha provocado que esos dos trenes colisionen? Porque puede haber motivos técnicos que sean la causa de que el tren Iryo descarrile: la vía, las ruedas del tren, etc.; la investigación determinará qué ha sucedido. Pero que justo en los segundos que ese tren está descarrilando pase otro, provocando una colisión con el resultado terrible que todos conocemos, no sé si comisión de investigación alguna puede ofrecernos una explicación lógica.

Hace años un amigo mío estaba de camarero en la inauguración de los nuevos salones de la urbanización Los Ángeles de San Rafael (Segovia). Me contaba que en un momento, cuando todos los invitados llenaban los salones, se produjo un gran estruendo y el suelo se hundió causando 58 muertos. Con el tiempo se pudo saber que las causas eran una deficiente construcción y un elevado número de invitados, pero yo no voy a eso. Mi amigo vio como el compañero que tenía a su lado se desplomó con el suelo y murió. ¿Por qué la muerte se paró justo al llegar a mi lado?, se preguntaba. La única conclusión que sacó, era que ese día la suerte estaba de su parte y lo había sonreído, y nunca más creyó que nuestra vida no era producto de un azar.

Cada uno de nosotros podríamos poner un ejemplo o muchos de lo que ha supuesto el azar en nuestras vidas. Pero no nos planteamos que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, dependemos del fino hilo del azar: cuando cruzamos una calle; cuando conocemos al amor de nuestra vida en un lugar en el que no deberíamos haber estado; cuando buscas la suerte y no llega, o a veces sí; cuando llegamos a un examen y todas las preguntas son justo las que más hemos estudiado o un terrible dolor de cabeza nos hace suspender después de tantas horas de estudio. En fin, no acabaría de describir situaciones.

Lo que nos sucede es, que perteneciendo a la especie humana, nos creemos los dueños de todo. Nos cuesta asumir que nuestras vidas dependen de un sinsentido que se llama azar. Pero la realidad es que no controlamos nada y aceptar eso nos hace demasiado vulnerables ante la existencia. Cierto que podemos rebelarnos, y negar la mayor, lo que no nos exime de seguir al albur de la suerte, buena o mala. La falsa percepción de que somos dueños de nuestro destino nos hace transitar por la vida sin las ataduras que provocan la incertidumbre de que somos marionetas de no se sabe muy bien qué. Es lo que entendemos por libertad. Tan necesaria para poder subsistir con dignidad. Y no me refiero a la libertad política ni de pensamiento ni de acto u omisión, que esa debe ser innegociable. Me refiero a la libertad que supondría ser los verdaderos dueños de nuestro destino, sin tener que tentar a la suerte para que lo que somos y valemos tenga su recompensa.

El azar es irracional, o por lo menos no se ha descubierto que obedezca a ninguna ley de la naturaleza y, por ello, hace que nuestra vida sea fascinante, impredecible y alimentada por una gran dosis de sorpresa, que nos impide caer en el aburrimiento existencial y la negrura de una existencia plana. Nietzsche decía que “la irracionalidad de una cosa , no es un argumento contra su existencia, sino más bien una condición de ella”. Esta idea debe ser el epicentro que construya nuestra aceptación del azar como algo intrínseco a nosotros mismos. Para que no caigamos en la desazón de creer que como nuestra vida es una esclava de la irracionalidad del azar, nada podemos hacer. Porque ni siquiera la muerte está sujeta a las leyes lógicas de la naturaleza. Morimos cuando el azar lo decide, ya sea por accidente, por enfermedad o porque un día ya no nos despertamos. Pero no lo sabemos ni lo podremos saber y eso es lo que hace grande nuestra existencia: la incógnita del azar. Porque somos el designio del azar desde que nos conciben hasta que morimos, con toda la vida marcada por algo que nosotros no controlamos. Y eso nos hace vulnerables ante lo imprevisible, pero también fuertes y tenaces en nuestro propósito de vivir y avanzar gracias a la ciencia y la necesidad de buscar razonamientos lógicos al albedrío del alzar. Vamos, que gracias al azar hemos construido la filosofía, que da sentido a la existencia, convirtiéndonos en seres racionales, eso sí, al capricho del azar.       

Somos producto del azar

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